PARASHAT TRUMA  - 25/02
Las varas no habrán de quitarse

Esta parashá comienza con una serie de capítulos en toda la Torá dedicados a la construcción del Mishkán, el Santuario, el Tabernáculo, en definitiva, más allá del nombre, será el lugar en donde la divinidad se manifestará, después del episodio de Sinaí. Aunque resuene extraño, se construiría un “lugar para Dios”, un punto de referencia al que acudir para ofrendar, para dirimir conflictos, para escuchar su palabra. De las instrucciones para la realización de este lugar único, podemos inferir qué concepción de santidad y hasta de Dios se perciben en la Torá.
Si uno pensara qué condiciones estéticas debe tener un Santuario, la mayoría respondería; belleza, imponencia, riquezas, trabajos artísticos de mucha inspiración… Un lugar para Dios, o la Casa de Dios, debe ser realmente majestuosa. La diferencia con otros espacios de santidad, que tantos de nosotros tenemos en mente es que éste debía ser portátil. Y esta portabilidad, no es un mero detalle práctico, a la hora de pensar en una travesía por el desierto. Porque si hubiera sido un dato utilitario, la Torá y la exégesis posterior no le habrían dedicado tanto texto ni énfasis. Cada parte, cada elemento, cortina, viga, mesa, altar estaban diseñados para establecerse en un lugar y para salir de allí cuando fuera necesario. Para estar y moverse a la vez. Y aquí, me parece, que se escucha un tenue mensaje: la santidad sucede cuando tiene la capacidad de no estancarse.
Pero sigamos adelante.
Moshé al bajar con las Tablas recibe la orden de construir un arca, el Arón Hakodesh, el Arca Sagrada, la pieza más sagrada de todo el Mishkán- de madera de acacia, cubierta de oro por fuera y por dentro con dos querubines de oro en su tapa, y varas cubiertas de oro. Y en medio de esta descripción preciosa del objeto que contenía lo más importante de todo el Santuario aparece la siguiente indicación:
“Las varas se estarán en los anillos del arca; no se quitarán de ella.” (Shmot 25:15)
¿Qué son las varas? El instrumento con el cual el arca sería transportada, en el momento de continuar con la travesía. Ahora, si es una herramienta para cargar el arca, ¿hace falta que queden colocadas y que la orden del cielo sea explícitamente que no las quiten de los anillos que las sostienen? Si es parte integral del arca, entonces no son meros vehículos para su portabilidad, sino que es una parte inherente al objeto sagrado.
La Torá y el elemento que la porta deben tener la capacidad de no perder su valor en función de los movimientos. Nosotros no debemos temer si sentimos que el lugar de lo sagrado necesita modificarse, cuestionarse, cambiar de ámbito. Porque el arca está hecha para eso: para quedarse y para moverse cuando necesitemos seguir camino. La Torá no se entregó para encerrarla en un espacio, para conminarla a la inmovilidad y hacer de ella y del arca que la contiene un culto casi idólatra al objeto y sus enseñanzas. Quienes quieren quitarle al arca la varas que permiten que la movamos, que la mudemos, que la llevemos con nosotros, que la visitemos, que la estudiemos, que la critiquemos, que la busquemos, que la dejemos- a veces, que la reencontremos, no están cumpliendo con el designio con el cual la Torá fue entregada: para ser portátil y parte de nuestras realidades. “Las varas no deben ser quitadas”, y están preparadas para que nuestras manos se posen en ellas, así como la Torá está preparada para viajar con nosotros a través de nuestras preguntas existenciales, nuestros estudios y cuestionamientos. Está preparada para transitar entre quienes la leen literalmente, los que la encuentran fuente de inspiración metafórica, los que creen vislumbra en ella el Secreto de la creación… las varas están allá para que todos podamos cargara y llevarla al lugar al que nosotros llamamos ahora Santuario; que lejos está de ser sólo la sinagoga o la casa de estudio; Santuario es todo lugar en donde nos permitamos vivir vidas más éticas, más plenas, más reverenciales y trascendentes, en donde sintamos la voz de Dios que nos llama y que su palabra se transforma en la obra de nuestras manos.
Shabat Shalom
Silvina Chemen
Parashat Mishpatim - 18 de febrero


Un imperativo ético

Parashat Mishpatim aparece como la letra chica de la ley, la reglamentación de toda la legislación que regulará la vida de este pueblo que se está constituyendo como tal. Representa la administración de una legalidad cotidiana para construir una sociedad justa.
Entre estas leyes encontramos un motivo que aparece dos veces en nuestro texto, que tienen que ver con la actitud hacia el extranjero:

En el capítulo 22:21, leemos “Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.”
Y en el 23: 9; “Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.”

La vida en esclavitud tiene que haber aportado a la actitud de este gran colectivo que está aprendiendo a ser libres. Quienes han sufrido la opresión y el maltrato deberán asumir- contra toda ley de venganza- un compromiso con una ética que no tenga que ver sólo con ellos y sus pares, sino fundamentalmente con el extranjero, con el que ahora está en el mismo lugar del que ellos lograron liberarse. Los hijos de Israel no deberán tratar jamás a nadie como ellos fueron tratados, porque- y esto es lo interesante- ellos estuvieron en esa situación.

Recordemos que la memoria de la esclavitud todavía estaba latente en los que recientemente abandonaron ese estado, pero esta ley que hoy están recibiendo, es a perpetuidad: cuando no estén presentes aquellos que sufrieron la tiranía y el maltrato, aún sin haberlo vivido personalmente, todos tenemos un mandato ético: no maltratar al “extraño”, porque algunas vez estuvimos allí, en esa situación y esto nos obliga moralmente a asumir una actitud diferente hacia el otro. Todo lo que hemos vivido debe por un lado causar repulsión y disgusto pero a su vez debe generarnos una actitud de bondad y receptividad hacia cualquier otro. Nuestra memoria debe informarnos acerca de nuestras actitudes respecto de otros que están sufriendo opresiones e injusticias.

Pero nuestra tradición no se ha quedado en estos enunciados generales, sino que a lo largo de la Torá, ha definido lo que significa no engañar ni angustiar al extranjero, como por ejemplo:

“Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás.” (Vaikrá 19:10)

“Y no te pararás sobre la sangre de tu prójimo.” (Vaikrá 19:10)

Es decir, no solo no maltratar al prójimo sino hacer cosas a su favor. No sólo no ser reactivos, sino ser proactivos. La ley del “no te metás” no pertenece a la ética que la Torá nos está prescribiendo.

En enero de 1998, el profesor de estudios sobre el Holocausto Yehuda Bauer pronunció un discurso ante el Bundestag, el Parlamento alemán en el que dijo: "Yo vengo de un pueblo que dio los Diez Mandamientos. Ha llegado la hora de reforzarlos con tres adicionales, que debemos adoptar y comprometernos; no seas un perpetrador; no seas una víctima y nunca, nunca, seas un espectador.”

En tiempos en donde somos consumidos por la sociedad del espectáculo, nuestras éticas también corren el riesgo de moldearse dentro de ese paradigma y quedarnos tranquilos en casa, mirando como otros sufren, como otros pierden su dignidad. La vida como espectáculo nos ha enseñado muchas veces a ocupar tranquilamente la butaca de los espectadores.
Y allí hay una alerta que creo que la Torá está advirtiendo. No es suficiente con que cumplas la legalidad que a vos te atañe. Tenés que ampliar tu mirada. No podés ser observante si no observás a tu alrededor, si no te conmueve la necesidad y la injusticia y si no iniciás acciones concretas que ayuden al otro a salir de sus esclavitudes; de la soledad, las adicciones, la pobreza, la vergüenza, el descrédito.
Y no estoy hablando de los grandes flagelos de la humanidad, para los que nuestras acciones cotidianas suelen ser imperceptibles. Sino de las pequeñas y constantes opresiones y angosturas de las que somos testigos todos los días.
La dignidad del prójimo forma parte de la calidad de nuestra libertad.
Shabat Shalom
Silvina Chemen
Parashat Beshalaj  - 04 febrero


¿Somos realmente libres?

“Y cuando el Faraón se acercó, alzaron los hijos de Israel sus ojos y he aquí que los egipcios se trasladaban en pos de ellos; temieron mucho y clamaron los hijos de Israel a Adonai. Dijeron a Moshé: ¿Acaso porque no hay tumbas en Egipto nos trajiste a morir en el desierto? ¿Qué es esto, lo que nos has hecho al sacarnos de Egipto? Ciertamente ésta es la cosa que te habíamos hablado a ti en Egipto, diciendo: ¡Déjanos! ¡Vamos a servir a los egipcios! Pues es mejor para nosotros servir a los egipcios antes que morir en el desierto. Dijo Moshé al pueblo: ¡No temáis! Permaneced erguidos y presenciad la salvación de Adonai: lo que va a hacer para vosotros hoy. Pues como habéis visto a los egipcios hoy, no volveréis a verlos más, por siempre. Adonai regirá la batalla por vosotros, pero vosotros habréis de sumiros en silencio. Dijo Adonai a Moshé: ¿Por qué clamas hacia Mí? ¡Habla a los hijos de Israel y que partan!” (Shmot 14:10-15).
El pueblo de Israel sale de Egipto. Con sus acciones, el liderazgo de Moshé y Aharón y sus propias acciones consiguen traspasar la barrera que los separaba de los aires de libertad.
No pasa mucho tiempo y de pronto descubren que el Faraón y los egipcios los están persiguiendo. La única sensación que tienen es la de temor y su reacción: el arrepentimiento por haberse animado a salir, el reclamo a su líder y la denuncia de estar llevándolos a la tumba. No pueden mirar hacia adelante, no pueden imaginar un horizonte, porque no saben, miraron siempre hacia abajo, hacia la tierra y sus pies sucios, doblados por el yugo que cargaban en sus espaldas.
No me sorprende la reacción del pueblo, la que sí me sorprende es la respuesta de Moshé. “¡No temáis! Permaneced erguidos y presenciad la salvación de Adonai: lo que va a hacer para vosotros hoy.”
Quizás hubiéramos esperado que Moshé, con la seguridad que le daba la presencia de Dios y su firme voluntad de salvar al pueblo, los hubiera arengado a luchar, a defenderse, como primer acto de libertad.
Según el texto bíblico eran 600.000 almas. ¿Acaso no tenían suficiente potencia como para hacerles frente, cara a cara a los egipcios? Ellos también salieron armados. Pero aparentemente esas armas no estaban en condiciones de ser usadas. ¿Por qué Moshé no los insta a pelear y defender lo que consiguieron? ¿Por qué no les nació de ellos mismos, ponerse al frente, defender a sus hijos y a sus mujeres?
La respuesta que van a dar nuestros sabios es que esta generación había crecido con los egipcios como sus amos y no podían hacerles frente, no les entraba en sus cabezas poder luchar contra ellos porque el sojuzgamiento traspasaba los límites del castigo físico o la amenaza; estaban esclavizados en sus mentes y sus almas; sus estructuras de resolver sus vidas, eran de esclavitud.
Y con esta parábola, mucho podemos aprender de nuestros propios procesos de liberación y nuestros propios sojuzgamientos. A veces parece que nos redimimos de lo que nos esclaviza, de lo que hace miserable nuestras vidas. A veces creemos que le ganamos al gobierno de la apatía y el desgano. A veces jugamos a que no nos importan los mandatos que nos oprimían. Pero la clave es ponernos en la situación de esta parashá y no contentarnos con haber conseguido dar el primer paso. La pregunta es si tenemos herramientas para defendernos de un nuevo embate, aquél que menos lo esperamos. Si estamos en condiciones de ponerle el pecho a esta nueva situación de libertad que hemos conquistado y defenderla por sobre cualquier circunstancia. ¿Esperamos, erguidos e inmóviles a que Dios o quien sea libre la batalla con nosotros? Y si esto no sucede ¿les echamos la culpa a otros por no estar donde quisiéramos? ¿Cuánto nos hacemos cargo de sostener nuestros destinos? ¿Cómo es nuestra reacción: reclamamos y denunciamos ante todo, o miramos las posibilidades que nos dan nuestras manos para sacarnos adelante? ¿Qué efectos tiene el temor en nosotros: nos paraliza, nos enmudece, nos enfurece o nos da vigor para encontrar la salida?
Yo entiendo a los hijos de Israel y a una estructura de vida de siglos que no les permitió comprender en poco tiempo que en sus manos estaba la llave de la libertad. Pero nosotros tenemos esta y tantas otras historias como maestros, para que no pongamos excusas. Nadie podrá ganarnos la batalla de nuestra libertad, si salimos nosotros al frente a defenderla ante cada circunstancia.

Shabat Shalom
Silvina Chemen